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Scorch

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  1. Que triste todo. Que pensará el flaco no? Extrañará esa viola? Le interesará recuperarla? Se arrepentirá de como la perdió? A mi entender, esa es la guitarra con la que debería irse a la tumba, es muy emblemática..... Eu, no me malinterpreten. Cuando le llegue la hora no ya jajajajaja!
  2. Conocía la anécdota, pero no el hecho de que fuera Van Halen el creador. Eso me da bronca, más aún al no acordarme quien me lo contó.
  3. Che, pero que lindo gesto! Un muy merecido reconocimiento a @cutipaste por la dedicación que le mete al sitio. Y de Santi que decir, @Iannucci Audio siempre nos deleita con la calidad de sus pedales, y ni hablar que se prende y contesta todas las preguntas y escucha cualquier sugerencia que le hacemos.
  4. Entendió todo este muchacho. Suenan muy bien esos pedales. Incluso voy a decir algo que nada que ver, pero me gustaron todas las guitarras que tocó!
  5. Meme viene de un tartamudo tratando de explicarse...... Me me quedé sin palabras. Es por eso que usa imágenes. No entiendo como nadie lo había descubierto aún.
  6. @IñaFelina todo bien hicieron acá! Los recontra mil felinacito! Me encanta la estética, la calidad del audio, todo prolijo..... hermoso por todos lados amigo. Ojalá despeguen y hasta el infinito no paren!!!!! Un abrazo enorme!!!
  7. Pero por favor. Salir a decir semejantes huevadas.... Ayer lo leí en el diario y me dió vergüenza ajena. Flaco, el entrenador sabe quien sos y lo que podés brindar, pero necesita un equipo nuevo, armar algo nuevo con jugadores jóvenes. Hay que dejar de mirarse el ombligo un poco. La selección está más allá de los nombres, incluso el de Messi. Yo a Messi lo recontra banco, pero no lo tienen que dejar decidir ni el color de las medias. El tiene que empezar a decidir cuando agarra la pelota y dejar de hacerlo a los 90 minutos. El resto tienen que ser jugadores nuevos, jóvenes (salvando alguna que otra excepción que ahora no viene al caso) y si es posible darle la chance a jugadores del medio local.
  8. Es que cuando pagas una CS y te mandan una SX decís "EU! Me re tumbaron". Ahora vas y pedís una Jay Turser y te mandan una SX decís, "ok, está mal, pero no taaan mal"
  9. La verdad es que la idea es buena. Si una persona tiene ganas de generar contenido, piola, entretenido y que además enseñe (ponele), acá tenés la posibilidad de subirlo a un canal donde va a tener mil veces más difusión que si se abre un canal de 0. Ahora ponele que en vez de contenido que sean temas de su banda.... Tiene difusión a mansalva. Y ponele que el canal se monetice a futuro.... Cuál sería el problema? Acaso no brindó publicidad del canal de esa persona? Por dónde lo mires creo que es positivo.
  10. No sé sabe si es cierto eso. Algunos dicen que lo cambio por un óleo de una mujer con sombrero.
  11. Agradezco mucho el tiempo que se toman en leer y contestar. Son estas pequeñas cosas que me hacen seguir adelante con más fuerza. Pd: el final, no solo es muy cómic como dijo @Freakapotamus, si no que si lees el último renglón y en tu mente le pones play a Sympathy For The Devil ..... se te llena el corazón!
  12. Muchas gracias @Freakapotamus por leerlo. Para bien o para mal, dejé todo lo que tenía en este capítulo. No me queda resto... estoy demolido física y mentalmente. Con respecto a la continuación, la verdad, son más notas y apuntes que una historia. Tengo ideas sueltas que de apoco se irán tornando una o más historias, pero si algo empieza a gestarse.
  13. Lucio, "El Magnífico" SEXTA PARTE 1 La pava volvía a estar en la hornalla, pero esta vez nadie parecía prestarle atención. Ni siquiera Lucio que siempre parecía estar atento a cualquier cosa que pasara a su alrededor. Estábamos en la cocina, tratando de comprender lo que habíamos visto en el cuarto de Lucio. El muchacho no había emitido palabra alguna, salvando alguna mínima objeción cuando Alberto tomó la vieja galera que estaba sobre su cama. Tampoco dijo nada cuando lo tomé de la mano y lo llevé hasta la cocina. -¿Lucio, tenés algo que contarnos?- le dije con tono de voz amable, tratando de no parecer nerviosa. -¿De dónde salieron esos conejos?- Nada. Silencio. Miré a Alberto como preguntándole con la mirada, aunque más bien fue una súplica para que hiciera algo. Yo consideraba que en estas situaciones la charla debía ser de toda la familia, no mía y del niño solamente. Con un revoleo de ojos hacia arriba, Alberto se acercó a Lucio. -¿Hijo? Contéstale a mamá por favor.- le suplicó suavemente. -.......- Nada. sin respuesta. Alberto me miró y cambió de táctica. Tomó la galera que estaba sobre la mesa y comenzó a revisarla. La misma parecía una chistera de los años 20 pero muy venida a menos. Los bordes estaban gastados y el fondo parecía que iba a salirse en cualquier momento, así y todo de alguna manera lograba permanecer entera. Intentó estirarla, imagino que para poder ponérsela, pero no hubo caso ,así que comenzó a sacudirla. El chico ni siquiera levantó la vista. Tenía los ojos clavados en el suelo. No se si era por vergüenza o porque motivo, pero no quería hablar. Solo pareció reaccionar cuando escuchó que Alberto jugaba con su sombrero.. -¡A ver niño! Con mamá no estamos enojados, simplemente queremos que nos expliques de donde sacaste esos conejos y a dónde fueron, porque aquí… no están- aseguró sacudiendo el sombrero una y otra vez. Recién cuando Alberto hacía enérgicos ademanes con el viejo sombrero, fue cuando Lucio pareció prestar atención. Bajó de su silla y se abalanzó sobre Alberto tratando de quitarle la galera de las manos. -Tch, tch, tch, no, no no. Así nos vas a conseguir nada mi hijito- Alberto se levantó de un salto tratando de mantener distancia entre el niño y el sombrero. Y si bien tuvo éxito no logró que Lucio desistiera de su actitud, si no todo lo contrario. Este se puso aún más enérgico en su reclamo. -¡Dame mi gorro!- Le gritó a su padre. Alberto y yo nos quedamos asombrados. Era la primera vez que Lucio levantaba la voz, más allá de alguna carcajada o risa fuerte cuando jugaba. Levantando el brazo en el aire, Alberto puso la vieja galera lejos del alcance de Lucio, y conociéndolo como lo conocía, ahí se iba a quedar hasta que él se comporte y conteste nuestras preguntas. -¡Lucio ,por favor hijo!- tuve que intervenir intentando convencerlo. El niño me miró un segundo y corrió a mi lado sollozando. Me abrazó fuerte por la cintura y sentí como su cuerpito temblaba junto al mío. Miré a Alberto, y él me devolvió la mirada con algo de culpa. Él no se había exasperado demasiado, tal vez la actitud tan repentina, el rápido cambio de postura y su voz profunda asustaron a Lucio, o eso pensé yo en ese momento. Por su parte, Lucio no paraba de abrazarme cada vez con mayor fuerza, no me hacía daño, pero comenzaba a molestarme esa actitud. Tomé sus brazos para separarlos de mi cuerpo y en el mismo movimiento lo tomé por debajo de las axilas como para alzarlo. Lo levanté en mis brazos, y al acercarlo a mi, pude notar el miedo reflejado en sus ojos. -¿Que pasa hijo? ¿Porque te ponés así?- Lucio me miró con sus hermosos ojos llenos de lágrimas, me dijo al oído -Ya es tarde. Le dije que me devolviera mi gorro.- Solo salí de mi asombro al escuchar crujir la madera de la escalera en el living de casa. Alguien estaba bajando por las escaleras… 2 Hay circunstancias en la vida de las personas donde un lejano e innato instinto nos toma por sorpresa al apoderarse por completo de nosotros. Este instinto primordial, por decirlo de algún modo, es el más básico y común de los instintos. El instinto de supervivencia, suele ser identificado por algunos indicios como: la sudoración excesiva, la apertura pupilar, músculos que se tensan y la mente que se vuelve más afilada y enfocada con un solo objetivo: sobrevivir. De haber sabido reconocer todas estas señales, no me habría quedado petrificada esperando que algo pasara. Por suerte, el ver a mi hijo entre mis brazos me despabiló de golpe. -¿Quien anda ahí?- alcancé a escuchar que decía Alberto justo antes de que la respuesta apareciera delante de sus ojos. En el otro extremo del living, una enorme figura vestida de negro acababa de decender de la escalera. Es muy difícil describirla, ya que prácticamente parecía estar disfrazada con algún tipo de traje enterizo negro como la noche misma. Lo más extraño de todo era su apabullante altura, no solo llegaba hasta el techo, sino que debía mantener el cuerpo medio encorvado y la cabeza de lado para poder mirar hacia adelante. -¿Quién es usted? ¿Cómo entró a mi casa?- gritaba Alberto mientras buscaba entre los utensilios de cocina algo con que defenderse. El gigante de negro, parecía no escuchar o hacer caso omiso de las palabras de Alberto. Solo un cansino y espasmódico movimiento corporal nos daba a entender que esa persona estaba realmente ahí, como esperando algo. Alberto salió de la cocina y fue directamente a encarar al intruso. Esgrimiendo el cuchillo frente a él lanzaba improperios al aire, imagino que tratando de obtener algún tipo de respuesta. Pero nada ocurría. La figura seguía ahí, de pié, impávida. Mientras esto ocurría y tratando de juntar valor de donde pudiera encontrar, decidí tomar fuerte a Lucio y salir de la cocina pero en dirección opuesta al extraño invitado no deseado. Lentamente fui moviéndome todo alrededor de la mesa, pero al querer pasar por la arcada que unía la cocina con el living, Lucio me pidió que me detuviera. -¡Mami! No te olvides mi gorro. Por favor mami.- El pedido fue una mezcla de pedido y súplica, al que no hubiera hecho caso alguno de no ser porque la galera estaba al alcance de mi mano. -Toma gordito, y hacé silencio. ¿Si?- le rogué suavemente. Él asintió con su cabecita. <Salgamos de esta cocina> Recuerdo haber pensado. Mientras trataba de lentamente escurrirme a través del living, vi como Alberto enfrentaba con gritos y gesticulaciones al intruso. El hombre de negro que estaba erguido y encorvado a la vez, seguía en el mismo sitio que había ocupado desde que bajó por las escaleras. Al tiempo que yo trataba de moverme lo más silenciosamente posible, Lucio temblaba de terror en mis brazos. Él trataba de mantenerse en silencio pero un pequeño sollozo comenzó a deslizarse a través de sus finos labios. Lo que ocurrió a continuación, tiene poco que ver con cualquier cosa que alguna persona haya experimentado antes. 3 Sin previo aviso el intruso puso su atención sobre nosotros y de la nada, su oscuro y casi inexistente rostro cobró vida. Un par de ojos, profundos y rojizos, comenzaron a arder en el centro de su cabeza. Primero suavemente como avisando pero luego con la fuerza de un incendio forestal. Era casi imposible mirarlos directamente. Al ver esto, Lucio pegó un alarido y esto pareció llamar aún más la atención de esa “cosa”. Hasta ese momento “eso” tenía el aspecto de un individuo grande, singularmente grande, pero con la ropa y el aspecto de una persona. Todo esto cambió en cuanto vio al niño. El ser comenzó a moverse en nuestra dirección. Primero un paso, luego se arrastraba un poco, luego otro paso, luego parecía reptar. Su andar era tan cambiante como su apariencia. Alberto, que había quedado en medio de toda esta situación, quiso interponerse en su avance y trató de llamar su atención tomándolo por una de sus extremidades. Pero con un mínimo esfuerzo, esta “cosa” empujó a Alberto con tal fuerza que lo hizo volar y aterrizar en un rincón de la sala. -¡Oh dios!- gemí yo inconscientemente. La criatura, que ahora había perdido cualquier vestigio de humanidad, volvió a encarar en nuestra dirección. Giré para intentar salir corriendo, pero fue en vano. Algo me golpeó por la espalda, haciendo que Lucio y yo nos desparramáramos por el piso, separándolos en el proceso. Un dolor fuerte me atravesó toda la espalda lo que impedía que pudiera hacer cualquier otra cosa que no fuera arrastrarme lentamente. Y traté de hacerlo, en dirección a donde estaba mi hijo. Lamentablemente la “cosa” parecía tener otros planes para mi, ya que se dirigía directamente a tomarme de las piernas. De repente, un estruendo fuerte se escuchó por toda la habitación. Algo estalló en la espalda de la criatura, tan fuerte que hizo que esta se detenga y trastabille un poco. Alberto, que de alguna forma se había recuperado del golpe, había tomado un sillón de caoba que teníamos en el living y se lo partió en medio de la espalda de la criatura repartiendo astillas y madera en todas direcciones. Esto me dió unos segundos vitales para llegar a donde estaba Lucio. Como pude, junté las fuerzas suficientes para ponerme de pie y tomé al niño de la mano. Lucio, que hasta ahí se había visto al margen de toda la situación, soltó un alarido ahogado por el terror, al ver como la cosa tomaba a Alberto por el cuello. -¡No!- grité yo. Pero fue muy tarde, la criatura ya apretaba con fuerza sobrehumana el cuello de Alberto, cortando así su respiración y haciendo crujir músculos, cartílagos y muy seguramente alguna vértebra. Lo levantó del suelo poniéndolo a la altura de sus ojos ,y mientras mi esposo luchaba en vano, otra voz resonó en la sala… -¡Soltalo!- ordenó Lucio que en algún momento sin que me diera cuenta, se había situado al lado mío. La criatura se detuvo, volvió su cara en nuestra dirección y como quien descarta un papel de diario, revoleó a Alberto casi cuatro metros por el aire para aterrizar al lado de la escalera que daba a la planta superior. -¡No, así no! ¡Detente ahora mismo!- y la criatura se detuvo. -¿Que haces Lucio? ¿Que es esa cosa?- solté con un tono dubitativo. -Ya no voy a hacer lo que vos quieras. ¡Ahora el amo soy YO!- dijo el niño con un tono gutural, casi irreconocible. La criatura, que se había quedado paralizada, hizo un ademán como para atacar al niño, pero Lucio, con un sencillo movimiento de manos, puso la galera delante suyo y fácilmente la abrió. Esta comenzó a soltar un compendio de chispas y luces en dirección de la cosa esa, haciendo que su oscuridad por momentos se viera inundada con luces de colores. -¡Más!- gritó Lucio desaforado. Lenguas de fuego color carmesí comenzaron a salir de la vieja galera, cada vez más largas y cada vez más intensas. Con cada oleada de estas luces y fuego, la criatura parecía perder consistencia e irse desvaneciendo poco a poco al mismo tiempo que un aullido de dolor parecía provenir de sus incandescentes entrañas. Con cada grito de dolor que la criatura soltaba, más parecía desvanecerse para terminar desapareciendo en una exhalación de acre humo que parecía provenir del mismísimo averno. 4 Lamentablemente no pudimos detenernos a resolver cualquier cuestión ya que así, tan rápido como el fuego venció a la cosa esa, también comenzó a incendiar parte del living. Tomé a Lucio en mis brazos nuevamente y me dirigí en dirección a la puerta de la casa. La abrí y saqué al niño buscando ponerlo a salvo de las llamas, que cada vez se hacían más grandes y ya alcanzaban a cubrir gran parte del living. -Lucio, quedate acá por favor que mami va a buscar a papi adentro- le imploré al chico. Juntando el coraje necesario sumado a una buena bocanada de aire, volví a entrar en la casa, que ya se estaba llenando de humo y me dirigí a donde había visto caer a Alberto. <Ojalá estuviera bien>, recuerdo haber pensado. El humo cada vez más espeso dificultaba la visión, pero por suerte conocía muy bien la casa y la escalera no estaba muy lejos. Tardé un poco, pero llegué al pie de la escalera. Alberto yacía en la misma posición desde hacía rato, lo que no indicaba nada bueno, pero de todas formas lo tomé por las axilas y haciendo acopio de todas mis fuerzas, lo fui llevando hacia la salida. Debo decirlo, los metros que nos separaban de la puerta de entrada, fueron los más difíciles que recuerdo haber recorrido en toda mi vida. Cada metro que avanzaba era una prueba a la voluntad y al amor que sentía por ese hombre. Y no se si fue a causa de la falta de aire o que pero en mi mente no paraban de presentarse imágenes de mi vida con él. Nuestro noviazgo, casamiento y posterior luna de miel. Las salidas al cine y al teatro. Las caminatas en la playa a la luz de la luna, nuestra primera casa e incluso la adopción de nuestro hijo bailaban por mi mente llenándola de dulces y felices recuerdos. Y así, con cada imagen que se presentaba en mi mente, me acercaba un metro más a la salida. Hoy en día, estoy segura que estos pensamientos fueron los que me dieron las energías necesarias para poder salir con vida de nuestra casa. Una vez fuera, mientras arrastraba a mi esposo lejos de la entrada, pude escuchar las sirenas de los bomberos sonando a lo lejos. También pude ver que Lucio estaba siendo atendido por alguno de los vecinos de la cuadra. Esto me dejó más tranquila por ese lado. Lamentablemente la situación de Alberto parecía estar más complicada. Su color no pintaba nada bien y su respiración se entrecortaba por momentos. Para peor, las ambulancias parecían no venir más, y yo… yo yo….. -¿Mirta, estás bien? ¿Que pasó? ¿Alberto está… bien?- alcancé a escuchar que alguien me preguntaba, antes de perder el conocimiento. 5 -¿Familiares de Ballesteros?- preguntaba el médico en la sala de espera. -¿Ballesteros? ¿Alguien?- repitió con énfasis. -¡Acá doctor!- dijo alguien que se encontraba más lejos. -Soy íntimo amigo de la familia.- Me dolía hasta el último hueso del cuerpo. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Horas? ¿Días? -¿Mirta, estás bien?- la voz me resultaba familiar… -¿Arturo, sos vos?- pregunté como pude. Abrí los ojos un instante y todo me daba vueltas. Las luces me lastimaban los ojos y sentía una presión en el cuello que no me dejaba mover la cabeza en ninguna dirección. Sonidos y olores extraños inundaban los únicos sentidos que al momento tenía disponibles. -¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?- susurré con voz ronca. -¡Shhh! Tratá de descansar Mirta- me calmaba él. Poco a poco, los recuerdos comenzaron a inundar mi mente. Alberto, el fuego, la cosa, Lucio. -Alberto, Lucio… ¿Dónde están?- comencé a decir levantando la voz. -Mirta, mírame- le escuché decir suavemente, mientras buscaba la manera de levantarme de la cama. -Mirta, escuchame. Lucio está bien, está en una sala con otros chicos. Él está bien no te preocupes.- -Alberto, ¿Dónde está Alberto?- dije. Pero su mirada me lo dijo todo. -Mirta, vos concentrate en ponerte bien. Dejá que yo me ocupe de todo…- el tono de su voz sonaba tan, tan relajante. Lo último que pude ver fue a Arturo hablando con una enfermera. Le estaba dando indicaciones de algún tipo, o algo así. Después de eso no recuerdo más nada. EPÍLOGO Fuera de la clínica llovía copiosamente pero a Arturo, parecía no molestarle. Con paso sereno y sin pausa se dirigió al vehículo estacionado a unos cincuenta metros de la puerta. El Rambler Ambassador negro ronroneaba suavemente con su potente motor Tornado de seis cilindros mientras esperaba a su último ocupante. -¿Ya estamos?- preguntó la mujer al volante. Su embarazo ya superaba las veinte semanas y la panza, así parecía confirmarlo. -Ya casi- contestó Arturo al tiempo que subía al auto. Abrió la guantera y rebuscó en su interior hasta que dió con lo que estaba buscando, una libreta. Se la pasó a la mujer y él procedió abrir un paquete de Imparciales que también estaba ahí guardado. El humo inundó el habitáculo, pero a la mujer no parecía importarle. En esa época aún no se habían inventado las campañas de concientización contra el cigarrillo en el embarazo ni tampoco leyes que prohibieran fumar en espacios reducidos. -¿Qué dice?- le preguntó a la mujer. -Nada- contestó. Aún no hay nuevas notas. Debemos seguir esperando. ¿El niño estará seguro ahí?- -Si. La madre lo criará unos años más, antes de que vuelva al orfanato.- Las cuatro luces frontales del auto partieron la noche en dos al encenderse e iluminar la empedrada calle del barrio bonaerense. Incluso la lluvia parecía esquivar estos potentes haces de luz. -¿A donde ahora?- -Ahora, a casa señora Martinez, por el momento solo debemos preocuparnos por nuestra propia familia.- FIN
  14. Se recontra pasa el sonido! Muy bueno realmente!
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