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Quxtzal

Jolene

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La vida de un escritor es realmente triste. No lo había pensado hasta que me sucedió (porque claro, todos ignoramos lo que sucede a nuestro al rededor. A propósito.)

Quiero decir… ¿de qué nos sirve ser capaces de impregnarnos con la esencia de una persona? De ser capaces de relatar a dónde nos remonta su aroma; a escribir poemas sobre cómo luce recién despertada, sin sentido de la dirección ni lo que está bien. O mal. De esos bostezos que hacen pequeñito un buenos días. Más secreto. Más íntimo. Más nuestro.

No creo que nos sirva demasiado. Sinceramente. A veces preferiría ser como cualquier persona normal. De mis amigos. A esta altura parece que disfrutaría más ser un idiota con aires de grandeza. No sufriría. No estaría como loco charlando con la luna. Ni pegado a la máquina de escribir. Ni buscándola entre las citas de sus películas favoritas que me dejó acá conmigo.

Estaría superando su sonrisa en Ibiza con My way de Calvin Harris. Pero no, ahora el tocadiscos reproduce Sorry seems to be the hardest word de Elton John.

Sin embargo en lo profundo del cascarón gris que me dejó en el pecho, doy gracias porque de ella aprendí que amar va más allá de despertar con una persona, preparar café, meterse a la ducha juntos y hacer planes para la noche. Va más allá de los te quiero y los te amo. De hacerse las buenas noches o desearse los buenos días. De las canciones, de que haga algo que a ti te gusta, o viceversa. Amar es un sueño del que no se debería despertar como mínimo en un par de vidas.

Conocí a Jolene en un lugar mucho más animado y hasta condescendiente con uno. Lleno de luces, risas y buena vibra. Verano. Qué maravillosa estación para visitar el Pier 38 de Los Ángeles con los amigos.

Las chicas en bikini paseándose libremente al medio día, luciendo esas piernas brillantes con el bronceado fresco de hace unas horas, y para fortuna mía, en pequeñas camadas de a dos y tres. Madre mía. Rubias, morenas, de ojos saltones, con buenos atributos, inocentes, perversas… Si morí, dios, intenté ser buen hijo. 

“Cómo no iba a enamorarme de ella si es preciosa.
Preciosa de verdad.Como un poema de Neruda. O un descubrimiento de Galileo.
Como quedarse dormido en el jardín a las dos de la mañana y sentir que la brisa se lleva todo lo malo. Hasta los recuerdos.”

Escribía tranquilo en un cuaderno viejo bajo la sombra de una enorme sombrilla. Se estaba bien ahí sentado sobre una manta a rayas blancas y azules en la arena. Podías ver a las familias, los niños, oírles. Había un aire de alegría incomparable. Los novios besándose, los más grandes tomando el sol, los más idiotas enamorándose. Todo lucía auténtico. Richard se había ido por las cervezas. No tardaría mucho. Marco ligaba a una de esas rubias que se ríen por todo y parecen buena onda pero que no te puedes tomar en serio. Marta se nos había adelantado a bañarse con Paula y unos tipos que dejaron el voley ball en cuanto las vieron. Marta es bonita, bastante risueña y simpática. Paula por otro lado es más difícil de llevar. Incluso a mí me cuesta. Sabe lo suficiente de la vida como para no dejarse llevar nunca. Quedábamos mis ideas y yo.

Un aspirante a escritor no puede ir desarmado por la vida. Nunca se sabe cuando vendrá una buena idea. Y yo nunca tengo buenas ideas. Ni siquiera estoy seguro de querer escribir cuando tenga una. Me aterra la idea de ser famoso, aunque me aterra más que llegue el día donde no tenga nada que decir. Fue en ese momento que la vi pasar. Una castaña preciosa con ojos grandes, saltones, llenos de luz propia y magia. La clase de chica que te deja sin aliento. Tristemente ella no me miró.

Ni modo. Continué en lo mío.

“Que me gusta cuando duermes.
Cuando sueñas.
Cuando suspiras.
Cuando desarmas las sábanas acomodándote antes de dormir.
Que me gustas…”

De pronto Richard volvió con una nevera llena de cervezas. Eh tío que me he encontrado a unas tías buenísimas en el camino y hemos quedado en irnos a bailar más tarde. ¿Vienes? –Propuso con entusiasmo, casi insistiendo a que aceptara. Tomé una lata de las Heineken y la bebí hasta la mitad, entonces continuó. Anda, vamos. Mira, te conseguiré una para ti, a ver si así dejas esa libreta. –Reí. Mi mente seguía pegado a la idea de conocer a la chica de antes. Iré… pero tú pagas.

… Había conseguido (por suerte.) reunir todo el valor necesario para ir y hablarle, así que guardé la libreta y me terminé la lata. Tomé otra. Por si acaso el valor se echaba pa’trás. Resultó que atendía una pequeña tienda de souvenirs no muy concurrida en el Pier 39. ¿Quién diablos cobra en una tienda de souvenirs con un bikini puesto?… Pues sí… ella.

Comenzamos a hablar y no fue precisamente lo más divertido. O lo más interesante. Sin embargo traía algo en su cabeza que resultaba inquietante… Le invité a la fiesta que Richard me había contado hace rato. Después de reír un poco, decir una que otra incoherencia y mirarnos, aceptó. Esa noche todo pintaba para ser algo realmente divertido según mis pronósticos. Porque nos habíamos venido todos. Hasta Jolene. Era más cerrar los ojos y despertar en un fresco verano del 67’ con Jimi Hendrix interpretando Little wing en una guitarra española frente a la fogata mientras las chicas bailan y se ponen y nos ponen con una corona de flores y sonríen. Peace & love, my man. Jolene encajó inmediatamente. Traía esa onda hippie que no pude pasar de largo. Te absorbe. Su cabello largo, castaño y liso, sus ojos preciosos y azules y su cuerpo delgado y pálido. No me sorprendería si de pronto aparecía Andy Warhol con su onda psicodélica a reclutarla como modelo. Había vuelto en el tiempo.

Me gusta cómo te miras. –Reconocí. Se encogió de hombros y sonrió, mordiéndose el labio inferior. Su mirada tranquila, risueña. Te daba de que pensar. Es un lindo lugar… Nunca había estado en una fiesta así. Vamos a remojar los pies. Le tomé su mano y aquello fue una explosión de luces, colores, sensaciones, sus dedos delgados transmitían calor y paz. Tiré más fuerte de ellos. Estuvimos alejados de todos. Desde nuestra posición se veían pequeños puntitos blancos a la distancia. Quizás deberíamos volver y ponernos un poco… ya sabes, entrar en sintonía. Le propuse en voz baja, como secreto pero ella sólo sonrió. –No. Todo está lindo aquí… No quiero desperdiciar esta noche. En ese momento lo comprendí todo. No es la clase de chica común y corriente. Su locura es distinta. Ella es distinta. Hace que te sientas pequeñito en medio del océano, te envuelve y ahoga.

Me recosté con los brazos cruzados en la nuca. Era divertido sentir el cosquilleo de la arena por el cuerpo. ¿Te has metido en problemas alguna vez? –Le miré. O mejor dicho, miré el cielo a través de sus ojos; porque en ella se ocultaba un hermoso amanecer a las doce de la madrugada. Siento que no hay nada de malo con dejarse llevar.  He conocido a muchas mujeres antes, todas siempre más perversas que la anterior. Más escamadas en la vida. Incluso algunas te enseñan algo nuevo. Jolene no. Jolene era muy dulce para ponerla en la lista.

No es que no lo haga. –Silencio. Suspiro. Soy como cualquier chica a la que le gusta salir y divertirse, pero siento que hay formas. Prefiero un café y una plática sobre la última película que vi, a un bar donde todos lucen enfermos y locos.

Eso me hacía quererla más… Bueno, si (realmente) es posible querer a alguien que has conocido hace unas horas. Sonreí, me senté a su lado y observamos un rato las estrellas. Sostenía una cerveza con la mano; la otra quería tocarla pero ella se veía tranquila, en paz. Como si nunca antes hubiera amado. Tampoco olía como si alguna vez hubiese sufrido. Era más como un espíritu libre. ¿Qué escribías? Ya sabes… en la tarde. Nuevamente Jolene apretujándome el corazón; sacándolo de su zona de confort para llevarlo a ritmo síncopa. Creí que no me habías visto. –Alegué. Sin embargo lo que vino después me hizo pensar que quizás no sería mala idea del todo. Nadie viene a la playa a escribir. Es un poco loco. Tú estás loco.

“Era ese tipo de chica impredecible,
porque no sabías si al día siguiente iba a seguir queriéndote;
o te odiaría con todo su ser.
A veces callaba.
A veces lloraba.
Otras muchas veces rompía todo a su alrededor;
siempre extrema. Siempre ella.
Siempre con algo nuevo qué contar…
Y entonces tú la querías así… 
Impredecible, loca, real.”

Recité despacio, era la continuación del poema que escribía por la tarde. Se quedó en silencio; por un momento incluso perdí de vista su cielo. Ese cabello suave, liso y castaño le servía bastante bien. Me dejaba en suspenso y yo no podía hacer demasiado. De pronto todo se volvió negro. No hubieron más luces amarillas ni nubes. No más L.A. por la noche… Jolene me besó.

Mis manos se quedaron sobre su cintura, inconscientemente acercándola a la mía. Mordí su boca, llenándola de mi sabor y mis locuras, de perversión y deseo. Nuevamente esa explosión se hacía presente. ¿Quién es? ¿Ha venido a la fiesta? –Le oí preguntar en algún momento entre el beso y el creciente efecto del alcohol en mis venas desde la tarde cuando me aventuré a hablarle. Negué. No siempre se habla de una persona real en los poemas… Más bien se cuenta un poco de su recuerdo; de lo que nos dejó. Y otras veces hablamos de lo que no podemos tener. Idealizamos.

Le miré a los ojos, encontrándome con una versión de Jolene más madura y más peligrosa. Enredé mis dedos en su cabello, volvimos a besarnos y de algún modo supimos que toda la conversación de antes se había terminado.

Besaba tan bien que parecía un error cantado y precioso. Nos recostamos entre sábanas de estrellas y nos revolvimos con la arena. Su risa por un lado, mis caricias por otro, siempre encontrándose, siempre sintiéndose mejor. Siempre buscando por más. Las personas a la lejanía comenzaban a marcharse. A volverse un poco más amables y entablar conversaciones tranquilas y no tan eufóricas o deprimentes. Había tranquilidad. Además de la fogata, sus corazones comenzaban a crear nuevas amistades. Nosotros decidimos ir a casa.

Esa noche fue diferente a las demás. Quiero decir, normalmente comienzas a besarte con una persona y todo sube de temperatura hasta consumirse. Hasta volverse nada. A veces incluso repites el polvo hasta no recordar a la mañana siguiente. Nosotros no. Hicimos una excepción sin darnos cuenta. Seguimos bebiendo en su patio trasero, riendo, hablando, contándonos cosas. Era demasiado sincera; demasiado buena para todo lo que había vivido antes. Todas las personas que me habían llevado a hablar de recuerdos y cuestionarme si realmente lo que sentimos (o llegamos a sentir) es amor. O lo confundimos fácilmente cuando se nos agota la esperanza.

Le hablé de mí, de mis poemas, de los sueños y las metas que me había propuesto. A cambio me escuchó como nadie, incluso me aconsejó. Se quedó conmigo a mirar el amanecer. Jolene era un espíritu tan libre, tan dulce y bonito… que no merecía estar en manos de alguien como yo… porque ambos sabíamos como terminaría todo. Y a veces (siempre) es mejor romper todo de raíz. Estoy seguro que esa mañana vi un ángel dormido. Seguramente soñaba con príncipes y dragones y magia… Me marché.

Había pasado un tiempo desde todo aquello… el Pier 38, los amigos, la fogata, la música y los hippies. Desde aquel beso que aún me seduce los demonios y canta canciones al oído mientras yo me hundo, irónicamente, a causa del mejor sueño que he tenido jamás.

“Que te espero todas las noches,
tontamente,
como si fueras a volver…
Y
eso
me 
rompe
un 
poco 
más…”

Llegó entre la correspondencia y aún no sé si huir fue una buena decisión; porque fue la primera vez que quise permanecer. 

@Quxtzal

Edited by Quxtzal

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